Existen días en que me levanto cansada de mi cuerpo, mis dudas, mis aspiraciones. Cansada de saber ya, de ante mano cada mañana, cuales serán mis pensamientos, trabajo, e intrincadas planificaciones. Aborrezco cada amanecer, conocer mi teléfono, dirección, mi e-mail. Y hasta a veces por momentos me aburre saber a la perfección cuáles serán las caras, que alegrarán mi día.
Cada día antes de dormirme rezo en silencio, al rededor de un minuto. Pido levantarme, no reconocer mi cuerpo, no tener ni un solo vestigio de lo que siempre soy. Pido con fuerza desesperante, no recordar caras, números ni contraseñas. Levantarme y ser quién sea, cuerpo de anciana, niña, perro o león.
Pero no, mis plegarias son en vano, cada día, desde hace veintitrés años me levanto diariamente, miro mis dedos, toco mi pelo y suspiro sabiendo que durante todo el día, seré la misma. Con los mismos ideales, posturas, desamores.
Pero al llegar la noche, reitero en ese minuto, mi anhelación constante. Lástima, que como todo esto se ha vuelto, tan rutinario.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario