miércoles, 24 de febrero de 2016

Amor

Él me dijo que me amaba, así sin más. Simplemente lo largó. No fue incómodo, es verdad, la charla dio lugar a que el con bastantes nervios me lo confirmara. Pero esas dos palabras cortas me dejaron congelada. Lo más terrible de la situación era que ahí estaba yo, hacía bastante tiempo que estaba - o estoy- enamorada de él.
Pensé un minuto en silencio, y recordé que posiblemente nada bueno iba a salir de esta charla, en las escasas dos veces anteriores en las que un hombre me habían dicho "te amo" la primera había sido mentira, y la segunda obedecía simplemente a la desesperación por retenerme, la primera me valió la juventud, la segunda la sonrisa.
Antes de que llegara la sorpresa, estábamos charlando sobre las razones por las cuales no íbamos a estar juntos, yo intentaba fumar pero mi mano temblaba vergonzosamente. Hasta ahí, me sentía cómoda jugando a los Capuleto y los Montesco, éramos  Romeo y  Julieta del miedo, porque a ciencia cierta, nada nos impedía estar juntos, nada más que SER AMIGOS.
Nos despedimos con un beso. El primero y el último que nos dimos, me subí a un colectivo con la promesa en mi mente, de no permitir que esta situación me impidiera seguir disfrutando de sus abrazos, seguir mirándolo a los ojos. Desaparecí, relajada.
Lloré, lloré un mes, en el bondi, en el trabajo, en la casa de mis amigas, en el ascensor de mi casa, con un kilo de helado, con el estómago vacío, lloré incansablemente, con una desesperación monstruosa, me desperté reiteradas veces llorando, quedándome sin aire. No recuerdo, en mi vida haber vivido algo tan violento, un llanto que te brota desde alguna parte que no sabés que tenés.
No volvimos a hablar, ni de esto ni de ninguna otra cosa, él se transformó en una sombra, sombra que me espía de lejos en los sitios donde nos cruzamos.
Pero lo más terrible, es que ahora puedo decir, que me dijeron "te amo" tres veces, la primera me costó la juventud, la segunda la sonrisa, y la tercera... la tercera todo.

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