viernes, 2 de julio de 2010

Otro limón.

Me gusta de el, entre tantas otras cosas, sus lentes de marco grueso y cristal fino que dejan ver por detrás sus expresivos ojos color miel, me gustan sus tatuajes de trazos marcados y colores oscuros, definen su personalidad a la perfección, y siento que observarlo es mirar una obra de arte, no cualquiera, sino una de esas que determinan la congruencia de cuadrados y lineas, brazos finos porque así es.
Tiene un olor a hombre que juraría al caminar por la calle puede deslumbrar a cualquier mujer, aveces lo opaca un perfume dulce que ametralla mi sien. Es refinado y risueño, pero tiene el poder de abrir la boca y desmoronar cualquier idea de ternura, es duro y frío, no se anda con vueltas, porque sabe herir.
Me gusta jugar con el a la guerra de las palabras, quedar exhaustos y besarnos con furia, para reivindicar la frialdad que acaba de pasar por nuestras bocas. Me gusta todo, cada movimiento artístico o tosco, cada poro, piel y cabellos, pero puede desgastarme de manera inigualable cuando todo se transforma en aire que se corta con cuchillo, cada vez que me dispongo a abandonarlo, entre libros o pasajes.

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