Miro tus ojos que no miran a ninguna parte, están perdidos en el mar, pero saben que mi vista se posó en ellos, tan marrones y profundos como siempre. Te miro sorprendida, como si los años no hubieran pasado, como si el viento te alisara la piel. No me mirás, y es mejor así. Pero te levantás me hacés una seña y caminamos, para mi el mundo se para, aunque bien sé que está girando, lo noto en el rostro de quienes nos rodean, los mismos que conocían a la perfección tus movimientos y los mios.
Me decís un par de palabras, las contesto, pero estoy tranquila y lo sabés, como si este tiempo sin vernos nos hubiera enseñado, a disfrutar la imperfección del otro, porque conocés en detalle mis defectos, pero tenés esa capacidad de rescatarlos y transformarlos en algo placentero. Hasta que en un momento, largaste la pregunta: -Y contame, ¿cómo estás con el muchacho ese que andabas? me quedé callada, porque no te lo había comentado, pero recordé al instante que acá las noticias corren rápido. Solo atiné a contestar: -Bien lo dijiste, andaba. Me miraste y sonreiste sin necesitar más información, como si con eso hubiera bastado. Seguimos caminando, sin hablarnos, miro tus manos, las mismas que tantos años antes me daban electricidad cuando tocaba, me mirás y veo el impulso que te lleva a besar mi cachete, te reís y me abrazás
Mi cabeza no para de anotar detalles, te encuentro certero, definitivo, gracioso y habil, vos me encontrás tan despistada, torpe, inexperta, y talvéz para tu asombro cada vez más correcta, formal, más mujer. Todo termina con las palabras exactas que no escribiré en esta crónica de nuestro encuentro. Sé que ahí estás, sabés que acá estoy.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario